lunes, 8 de mayo de 2006

Tengo las manos llenas de masa de rosquillas, una pasta pegajosa, indomable, y a duras penas consigo abrir el grifo en la posición de agua caliente sin pringarlo, pero finalmente lo abro. Un chorro tibio primero y abrasador después me quema los dedos. Bruscamente, a toda prisa, vuelvo a cerrar el grifo. Abierto. Cerrado. Tan fácil como en Barrio Sésamo. Tienes agua. No tienes agua. Un gesto tan simple, tan habitual y tan automático me deja parada ante el fregadero, pensativa, con las manos llenas de masa y un ligero aroma a anís envolviéndome, con una sensación poderosamente ambigua y perturbadora que me deja clavada durante un instante eterno, sin saber muy bien qué hacer. Me siento culpable y al mismo tiempo afortunada. Pero mucho más culpable, porque no he hecho nada especial para tener tanta suerte. Y sin embargo, la tengo. Abro grifos todo el tiempo, si quiero agua fría, la tengo, fría y transparente, limpia e inofensiva para mi salud; si la necesito caliente, la tengo, y si quiero puedo eternizarme en la ducha durante minutos llenos de voluptuosidad y vapor. Es algo tan corriente que ha terminado por ser rutinario, igual que enciendo luces inconscientemente, incluso cuando es de día, o doy por hecho que si enchufo algo, funcionará, siempre, porque sí, porque no puede ser de otra manera. Pero sí, puede ser de otra manera. Podría no funcionar. Podría no ser tan fácil.

Salgo de mi burbuja bruscamente, igual que entré. Regulo la temperatura del grifo, y termino de lavarme las manos. La masa resbala por entre mis dedos y se pierde en la espiral devoradora del desagüe. Sigo sintiéndome afortunada por poder darme cuenta de que tengo suerte. Y maldigo mis momentos bajos, en los que soy injusta con mi destino, y me siento aún más culpable y estúpida, e incluso mala y pecadora, como cuando era pequeña, y en el colegio la culpa me atenazaba, mientras veía los reportajes de las misiones de las monjas misioneras de mi colegio, y mis deseos incontrolables de comprarme una goma de Milán de nata me parecían disparates comparados con las calamidades que sufrían esos niños flacos y sucios, que no tendrían tiempo en su desesperada vida para comerse jamás un Palote, y que darían un brazo por un puñado de esas páginas en blanco de cuaderno milimetrado que yo arrancaba, a escondidas, para que el cuaderno viejo por fin se terminara y así poder empezar uno nuevo cuanto antes...

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