sábado, 10 de junio de 2006

Mi ánimo sube y baja como un yoyó, e igual que un yoyó se enreda en su cuerda cuando intento hacer figuritas que creía controlar, pero que se me rebelan y no terminan de salirme. Se me hace mil nudos, se retuerce, y tengo ganas de cortar la cuerda y poner una nueva. Pero no puedo. No debo. Y no lo hago. Me siento, respiro, e intento no desesperarme, deshacer los nudos con calma y con paciencia, en lugar de apretarlos más. Y volver a jugar al yoyó, porque me gusta, porque me ha costado mucho tiempo y esfuerzo tener uno y aprender a usarlo, y tirarlo ahora a la basura ahora sería como rendirse. Sería liberador, mi espíritu quizás volvería a recobrar la calma, pero mi alma se sentiría traicionada.

Y yo tengo por principio no traicionarme, si puedo.

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