miércoles, 14 de junio de 2006

A veces, sin saber cómo ha llegado hasta allí y no teniendo demasiado claro qué hacer con ella, te das cuenta de que tienes en tu mano la llave de la felicidad ajena, una cerradura simple y sencilla de usar, pero difícil de encontrar, tanto que ni siquiera el interesado sabe demasiadas veces dónde la guarda. Y así, de golpe, sin haberlo buscado, te das cuenta de que está en tu poder. Sólo tienes que meterla en la cerradura y notar cómo entra suavemente, sin problemas, girarla con delicadeza y, empujar la puerta, que se abre sin hacer ruido, dejándote vía libre hasta el corazón del otro.

Y te impresiona saber que puedes entrar, y según entras y te adentras, la impresión aumenta, porque es una gran responsabilidad saberte dueña de ese poder que da o quita el aliento, que hunde en los abismos o sube hasta la estratosfera al otro. Y siempre te queda la duda de si sabrás usarlo debidamente. Pero también te gusta, porque es una experiencia insólita por lo poco frecuente e increíble por lo intensa ver cómo un alma ajena se abre ante ti, indefensa y vulnerable, consciente de su debilidad, pero sin importarle, porque el miedo que podría frenarle es más débil que la fuerza que le arrastra hasta ti. Porque ha abierto una puerta que ya no puede cerrar. Porque tú ya estás dentro, y él ya no tiene la llave, ni le importa no tenerla.

Porque se ha dado cuenta de que ya no hay cerradura que pueda resistir el aleteo de una de tus miradas.

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