miércoles, 12 de julio de 2006

No eran más que unas simples sandalias. De las de dedo. Las que si son de goma se llaman chanclas. Estas eran rosas. De piel, con unas estrellas de mar blancas, cosidas. Bueno, sólo eran estrellas, pero siempre pensé que eran estrellas de mar. Desde que las vi en El Corte Inglés, hace tres años, y me las compré. Jamás me hicieron daño, a mí, la Sra. Pies Delicados, que en su vida pudo gastar unas sandalias de goma y se tuvo que conformar con mirarlas con envidia en los pies de sus amigas, que con ellas eran capaces de correr jugando al rescate o saltar a la goma como gacelas.

Sin embargo, las sandalias rosas se adaptaron a mis pies como si me hubiesen estado esperando toda la vida. Para permitirme andar sin sentirlas durante horas, sin sufrir ni pizca. Me las he puesto muchísimo estos tres veranos. Tanto que, como todo lo que no era rosa en ellas era blanco, o sea, la suela y el interior del zapato, se han manchado y gastado hasta límites vergonzosos para seguir yendo con ellas por la vida. Con todo el dolor de mi corazón decidí sustituirlas por otras más presentables. Y como hago con todos los zapatos que desecho, las puse en una bolsa para llevarlas al contenedor de la ropa usada. Adiós. Fue bonito mientras duró.

Las nuevas sandalias, también de dedo, llegaron a mis pies con la difícil misión de superar, o al menos igualar, el placer y la comodidad que me dieron las otras. Y confieso que esperaba que lo lograran. Pero no ha sido así. De entrada ya eran bien diferentes, pero eso no me impidió darles una oportunidad, al contrario. De un color metálico, algo así como cobre, de finas tiras trenzadas. Pero con una delicadeza engañosa. Estas sandalias duelen. Destrozan. Me hacen cojear. No puedo con ellas.

Me he pasado toda la mañana pensando en mis sandalias rosas. Arrepintiéndome de mi precipitación. Pensando que jamás volvería a verlas. Que quizás jamás encontrara unas iguales. Envidiando a la indigente a la que le tocarían en el reparto del ropero de las monjas. Por eso, cuando él ha llegado, y. ansiosamente y temiéndome lo peor, le he preguntado si ya había tirado al contenedor las sandalias, la alegría que me ha invadido cuando me ha dicho que todavía no, que aún las tenía en el maletero del coche, ha sido inmensa. Un subidón. Como si me hubiese regalado unos Manolos.

Los caminos de la felicidad son tortuosos y, a veces, tremendamente cortos.

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