miércoles, 5 de julio de 2006

Siempre fui una niña tranquila, de esas que juegan solas durante horas, que se inventan historias en las que ellas son todos los personajes, y cambian la voz y todo. Siempre me gustaron los juegos de sociedad, pero mi madre no veía ningún sentido a comprarme un Monopoli cuando no tenía a nadie con quien jugar. Aún así, conseguí hacerme con un parchis y, al reverso, su correspondiente juego de la oca, con los cuales me pasaba las horas muertas, siendo yo sola todos los jugadores, aunque siempre elegía las rojas para mí.

Ahora sigo siendo una mujer tranquila, así que cuando bajo a la piscina no formo tertulia con las madres que corretean detrás de bebés demasiado pequeños y rápidos, ni hablo con los padres que dan de merendar a las niñas de cinco o seis años que se niegan a salir del agua aunque estén arrugadas como pasas de Corinto. No me sale, soy incapaz de forzar una conversación con alquien que, cuando me cruzo por el portal al salir por las mañanas, me dice un “hola” huidizo esquivando mi mirada y murmurando más que articulando el saludo. Así que, coherente conmigo misma, cuando bajo a la piscina me gusta estar sola, aún a riesgo de malograr aún más mi inexistente vida vecinal, y me baño (poco), me tumbo en la toalla (mucho), leo (libros que no me hagan pensar, sino sentir…), escucho música (de nuevo, vuelvo a mis origenes, y de nuevo, como tantas otras veces, no puedo dejar de oir a Del Amitri...), y pienso (¿demasiado?).

Mañana me bajaré el Tangram.

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