martes, 18 de julio de 2006

Tuve una época en mi adolescencia en la que contemplé seriamente la posibilidad de dedicarme a la enseñanza. Luego me dio por pensar que el solo hecho de escribir con relativa facilidad me convertiría en una buena periodista, y a eso me lancé sin pensar demasiado en que no sólo de saber juntar bien las palabras sale un reportero, pero eso es otra historia, una historia con final desgraciado en lo que a mis logros profesionales se refiere, que también dejó de lado mis pretensiones didácticas y me llevó a los procelosos mares de la cosa administrativa, donde he terminado por desenvolverme estupendamente. Y donde, las vueltas que da la vida, las circunstancias me han terminado por poner a un puñado de alumnos delante, y tengo que reconocer sin pecar de inmodesta, que no se me está dando nada mal. Me encuentro enseñando al que no sabe, y lo cierto es que mis dotes pedagógicas me sorprenden. Moldear a alguien que viene de nuevas en una materia desconocida y acojonadora en un primer acercamiento es una tarea gratificante y placentera. Me gusta ver cómo la gente, asustada e insegura al principio, poco a poco van soltándose de mi mano, como esos niños que montados en la bicicleta, ruegan a sus padres que les quiten primero una ruedecita, luego la otra, hasta que al final gritan emocionados mientras pedalean como locos, “Mira, papá, ya puedo solo”.

Me gusta menos que, al cabo de demasiado poco tiempo, cuando yo creía que amaban la bicicleta, me salgan con que prefieren las motos o el skate, y se larguen por donde han venido, dejándome con la amarga sensación de que he malgastado mi tiempo, mi energía y mi ilusión inútilmente y que, no sé cuándo ni en qué, me he equivocado.

Pero bueno. Eso, también, es otra historia.

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