martes, 25 de julio de 2006

Vivir con este calor infernal es como hibernar, pero al revés. No te puedes mover sin romper a sudar, no tienes ganas de nada, ni siquiera de dormir, porque cuesta conciliar el sueño por la misma razón que casi cuesta respirar un aire caliente como el de un secador de pelo que te persigue allá donde vayas, así que la vida, salvo si tienes un aire acondicionado al lado, se reduce a dejar que el tiempo pase y llegue la noche, lo cual tampoco asegura que el calor se atenúe. Sin embargo, la lógica más ilógica hace que la jornada intensiva, ese gran invento que en teoría te permite vivir algunas horas del día en lugar de reducir tu existencia a dormir y trabajar, en la práctica no es más que un regalo envenenado. En realidad, eso que nos hace suspirar el resto del año deseando que lleguen julio y agosto, se reduce a un solo mes, por culpa de las vacaciones. Y ese mes que te queda, termina por ser un fraude: porque todo lo que el resto del año soñabas con poder hacer en esas tardes libres, no lo haces, porque no puedes. Físicamente es imposible. Lo harías con brío y entusiasmo en cualquier otro momento del año, en primavera, en otoño, incluso en el invierno más crudo. Pero no con 37ºC a la sombra.

Los empresarios son listos. Jodidamente listos.

Y la jornada intensiva, un timo.

Peor que el de la estampita.

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