martes, 1 de agosto de 2006

Estamos solos. Cada uno con nosotros mismos, y nada más, aunque a veces parezca lo contrario y estemos rodeados de gente. Las personas somos islas. Países. Continentes enteros. Universos. Parecidos, en muchas cosas idénticos, pero también únicos e irrepetibles. Pero nos resistimos a la soledad a la que nos condena ser universos con vida propia y autónoma, y nos pasamos la vida acercándonos los unos a los otros. No es fácil, pero se puede llegar a la gente de muchas maneras, acercarse poco a poco, entrar en su mundo, y terminar por calarles hondo, llegarles al alma, rozar con la punta de los dedos lo más escondido…

Sin embargo, la cercanía que tanto cuesta lograr tiene una barrera insalvable que, aunque parezca una pequeñez, no lo es. Si nos fijamos un poco, nos daremos cuenta de un dato curioso: la gente, incluso si se conoce y se trata habitualmente, e incluso se aprecia de veras, apenas se toca. Físicamente, no hay contacto. Sí, nos abrazamos y besamos sin pudor cuando estamos enamorados, o incluso cuando no lo estamos y la atracción física es fuerte. Los padres achuchan y dan mil besos a sus hijos todo el tiempo, hasta que los niños son demasiado mayores y les da vergüenza. Los coleguitas se dan palmadas en la espalda, o la chocan, pero muy de tarde en tarde, y siendo muy, muy colegas… Esa vergüenza, ese apuro a ser invadidos y también a invadir, es la frontera que nos aísla definitivamente del resto del mundo cuando todas las demás pueden ya haberse quebrado, la que hace que cada uno de nosotros no seamos más que eso: universos que se miran, que a veces se rozan, pero no se tocan…

Cuando se rompe esa muralla, la de tocar y ser tocado, la piel deja de separar, porque une… Más que ninguna otra cosa. Porque hemos dejado a un extraño, a un extranjero sin papeles, adentrarse en lo más nuestro, donde paradójicamente sólo se llega a través de algo tan superficial como una caricia, de un roce sutil que quema o hiela, y eriza la piel mediante un lenguaje silencioso, pero elocuente. Un territorio poco explorado, donde se accede con algo tan sencillo como un abrazo de ésos en los que uno desaparece durante unos instantes para volver a reencontrarse consigo mismo un poco más vivo y mucho más feliz. Una zona de seguridad en la que la llave maestra puede ser un simple beso, o quizás un par, pero no de ésos que estallan en el aire protocolariamente, sino de los que rozan ligeramente el alma y que se llevan pegados a la piel durante horas, días, semanas…

Es entonces cuando la piel se convierte en la última de las fronteras…

(Para F.)

0 comentarios: