viernes, 18 de agosto de 2006

Fue la primera noche de mis vacaciones. Cuando apenas era consciente de mi libertad de tres semanas, lejos de los grilletes laborales, con la cabeza aún llena de cosas dejadas a medias, problemas por resolver que, como bolas de nieve, me sepultarían a mi vuelta. La culpa la tuvo la oscuridad, claro, pero sobre todo ellas: mis sandalias de dedo rosas. Las recuperadas in extremis de su final en el contenedor de la ropa usada.

Si no las hubiese llevado puestas durante el viaje, igualmente me habría tropezado en la oscuridad del aparcamiento, al ir a buscar la maleta para coger el pijama y acostarme. Estaba escrito, seguramente. Y lo que también es seguro es que con cualquier otro zapato no me hubiese destrozado contra un bordillo los dedos de los pies de la manera dolorosa y espectacular en que lo hice. Dejando mi rastro sanguinolento como si me hubiesen pegado un puñetazo en la nariz en una refriega, visible e impresionante a la luz de la mañana siguiente al lado del coche. Si mis sandalias hubiesen acabado en los pies de otro después de dejarlas en el contenedor de la ropa usada no habría tenido que pasar la mitad de mis vacaciones con los pies helados (los Alpes Franceses no perdonan ni en Agosto…), obligada a llevar puestos los únicos zapatos posibles para conseguir que las heridas se secaran y terminaran saliendo unas costras como no recordaba desde los diez o doce años, cuando me caía de la bici o derrapaba de mala manera jugando al rescate y siempre tenía las rodillas en carne viva.

Pero no hay mal que cien años dure, ni heridas, por profundas que sean, que no terminen convertidas en una costra dura que, cuando menos te lo esperas, termina cayéndose sola y perdiéndose entre las sábanas mientras duermes.

Y las cicatrices, tan rosas e impresionantes al principio, se desdibujan poco a poco, cada día un poco más, y dentro de un tiempo sólo yo sabré que una noche de verano unas sandalias salvadas en el último momento, mis sandalias preferidas, esas supervivientes traicioneras, me hablaron dolorosa, pero contundentemente, y a su manera me dijeron que si yo no pude deshacerme de ellas por unas sandalias más nuevas y bonitas, tampoco ellas querían dejar mis pies.

De momento ahí siguen, en mi armario… Y si mi casi abandono les hirió en lo más hondo, su venganza ha lavado, sobradamente y con mi sangre de por medio, la ofensa cometida…

Volvemos a estar en paz, mis sandalias rosas de dedo y yo…

Hasta el verano que viene.

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