sábado, 16 de septiembre de 2006

Desde que los árboles me permiten ver el bosque, he descubierto nuevos matices que antes se me escapaban. Me he dado cuenta de que la atmósfera puede ser transparente, o llena de bruma. Que a veces en el bosque no huele a nada, y otras apesta a quemado, y en ocasiones incluso te puede envolver el aroma de las flores recién mojadas por la lluvia. Me he empezado a fijar en los pequeños bichejos que cruzan el aire, y hasta me paro a averiguar si son avispas o libélulas, en lugar de pegarles un manotazo. Deseo que llueva, para que salgan setas, y me fastidia que hiele de pronto, porque los almendros no lo soportarán. O sea, que parece que lo normal se va imponiendo sobre la anormalidad de ir por la vida con la cabeza en cualquier otra parte menos donde debe. Digamos que me estoy empezando a fijar de nuevo en cosas que antes no veía. Es como si me hubiese quitado un chubasquero transparente que antes me aislaba de la lluvia y el viento, y ahora notase la humedad de las gotas y el fresquito del aire.

Y me encanta.

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