sábado, 9 de septiembre de 2006

Pocas sensaciones tan buenas como la de tener las cosas claras. Insuperable, ni siquiera por el momento cumbre en el que recoges los frutos de esa claridad de ideas. Ese chispazo que te lleva a actuar al fin y a dar un giro a la historia que hasta ese momento de lucidez te atormentaba.



Yo me encuentro ahora disfrutando de ese estado de ligereza de espíritu que sigue al relámpago tras el que, aunque todo siga aún igual, nada es lo mismo. Un vértigo delicioso y embriagador que no da miedo. O quizás sí, pero es un miedo bueno, de esos un poco inconscientes y atolondrados quizás, pero que tienen la virtud de recordarte que todavía las cosas hacen suficiente mella en ti como para hacerte reaccionar.

Después de mucho, mucho tiempo, me siento bien.

Y esto es sólo el principio para sentirme aún mejor.

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