martes, 19 de septiembre de 2006

Soy asmática desde hace ocho años. Un día me resfrié y hasta hoy. De pronto, sin ton ni son, me pongo a estornudar y los que me rodean hacen apuestas sobre la cantidad de estornudos que encadenaré; un día llegué a los once, en intervalos de segundos entre ellos. Debe ser muy divertido verme estornudar, por la algarabía y el cachondeo que se forma a mi alrededor, pero a mi me deja completamente hecha polvo y con los ojos como si hubiese llorado amargamente durante horas. A veces tengo la sensación de ser parte importante en la destrucción de la selva amazónica y me entra una mala conciencia horrorosa, sobre todo cuando soy capaz de gastar en menos de dos horas tres paquetes de diez pañuelos cada uno. Y también me pregunto cómo y dónde demonios algo tan pequeño como una cabeza humana puede almacenar tanta cantidad de mocos…Si corro de repente, porque pierdo el autobús o porque subo deprisa las escaleras, mis pulmones se revolucionan y deciden no dejar entrar más aire en ellos que el estrictamente necesario para que no parezca un pez fuera del agua a punto de palmarla. Entonces me doy cuenta de que, aunque lo demos por hecho desde que la comadrona nos pega el azote en el culo en el paritorio, respirar es un milagro.

Desde que tengo asma, sé que tengo pulmones, y cuando se me olvida, como le pasa a la mayoría de la gente que los usa sin problemas, ellos se ocupan de recordarme que no siempre tienen por qué funcionar perfectamente. Cuando me confío, creo que se rebotan, se mosquean conmigo y se ponen en huelga, y así, a su manera drástica, pero tremendamente efectiva, me recuerdan que están ahí, y que son muy importantes para que yo siga adelante con mi vida. Pero cuando deciden hacer su trabajo así, sin más, consiguen algo que no tiene precio, quizás lo único bueno que he sacado en claro de estos últimos ocho años de estornudos y Ventolín: que valore en su justa medida lo importantes que son las cosas importantes que damos por hechas por el hecho de ser habituales y casi automáticas.

Lo mejor de todo es que, entre pañuelos e inhaladores, me estoy dando cuenta de que eso también funciona en el resto de las cosas de la vida. Porque lo que realmente importa, lo esencial, ocurre sin que apenas nos demos cuenta. Aunque no seamos capaces de ver su auténtico valor hasta que deja de ocurrir.

Como respirar.

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