martes, 26 de septiembre de 2006

Todo lo que nos ocurre en esta vida tiene un tempo propio, un ritmo que nos esforzamos en acelerar o ralentizar sin éxito, a pesar de que la experiencia se empeña en demostrarnos que lo que tiene que ser, es, y demasiadas veces es como tiene que ser y cuando tiene que ser, no cómo ni cuándo nosotros queremos. A veces, incluso nos sentimos poderosos porque creemos que somos capaces de marcar nosotros el ritmo a los acontecimientos, pero eso no es más que una ilusión óptica, un subidón de autoestima que baja tan rápido como subió, aplastado por el peso de la realidad. La vida es así de pícara, así de retorcida y caprichosona, y nosotros así de manipulables e ilusos: nos hace creer que somos nosotros quienes mandamos, pero nada más lejos de la realidad. Incluso esa falsa impresión de dominar la situación es una maniobra de los acontecimientos, un intento de despistarnos durante un instante para, cuando menos lo esperamos, encontrarnos con que nada es lo que creíamos. Que las cosas que nos suceden, como es natural, han seguido su curso lógico, a pesar de nosotros, un camino férreo, con su ritmo lento, o acelerado, que nos puede matar de impaciencia o sacar de quicio, pero propio, ajeno a nuestros deseos y nuestra voluntad.

Somos los dueños de nuestra vida, sí. Pero sólo hasta cierto punto. Elegimos caminos, incluso los abrimos si nos pilla en un momento osado. Hasta nos queda la posibilidad de ni siquiera decidir echar a andar, y quedarnos tranquilamente en casita… Pero lo que tenga que suceder en ruta pasará, a pesar de nuestros planes. Lloverá si tiene que llover, y escampará cuando quiera escampar. Y si no nos gusta y nos fastidia el itinerario planeado para el día siguiente, pues mala suerte. Tocará quedarse viendo la tele en el hotel, y replantearnos el resto del viaje mientras esperamos que vuelva a salir el sol y se nos seque la ropa mojada.

Porque nadie dijo que dar a alguien una brújula le convertía automáticamente en un intrépido explorador…

0 comentarios: