sábado, 7 de octubre de 2006

Ayer, cuando alguien gritó en la oficina quién tenía un chicle, recordé de pronto mi peculiar manera de pedirlos en las tiendas cuando era pequeña:

“Un chicle que no sea de menta”.

La menta era el único sabor que no soportaba por aquel entonces en cuestión de caramelos y chucherías varias. Sin embargo jamás se me ocurrió pedir sencillamente un chicle de fresa, cuando era lo que realmente quería, o uno de sandía, cuando aparecieron y me gustaron tanto, o uno de tutifrutti, de esos que cambiaban de color según los masticabas. Nunca.
Quizás no tuviera del todo claro lo que quería. Pero, sin lugar a dudas, sabía lo que no quería.
En eso, he cambiado poco...

Aunque ahora me guste la menta.

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