martes, 17 de octubre de 2006

Es curioso como, en un abrir y cerrar de ojos, las cosas cambian. Y no hablo de cosas tan trágicamente definitivas como darse cuenta de lo fácil que es estar vivo y dejar de estarlo, por ejemplo: eso es tan evidente y tan radical que mejor no pensarlo… Me refiero a situaciones que, sin que tu hagas nada, dan la vuelta a la historia y ponen patas arriba lo que parecía inamovible. Giros del destino que cambian tu posición radicalmente, al extremo opuesto y hacen que todo el andamiaje sobre el que se había construido tu reputación o la imagen que los otros tenían de ti caigan como un castillo de naipes tras un estornudo. Movimientos reveladores de otra gente que dejan a la vista cosas tuyas que quizás tú llevases años intentando hacer ver sin éxito, detalles que hasta entonces nadie vio y que de pronto y sin que tú hayas movido un dedo brillan con luz propia. Hundimientos rápidos, como un pestañeo. Ascensos fulminantes, con la velocidad del pensamiento.

Cangilones de una noria que gira y que se detiene en seco cuando sus ocupantes menos se lo esperan. Quedarte arriba, sintiendo vértigo y al borde del ataque de nervios, en medio, vomitando la primera papilla, o abajo, tan pancho y listo para salir corriendo a montar en otra atracción, no es algo que uno pueda ganarse siempre por méritos propios, ni siquiera por enchufe: es demasiadas veces cuestión de suerte.

Caprichos del destino, lo llaman…

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