jueves, 12 de octubre de 2006

Hace años, cuando era una estudiante universitaria solitaria y sin nada ni nadie a quien echar de menos, mandé algunos curriculums a Estados Unidos, con la esperanza de trabajar en algún medio de comunicación de los muchos que en aquel entonces estaban empezando a surgir destinados a la comunidad hispana. Aunque atolondrada, aún era consciente de mis limitaciones con el inglés, y si me veía capaz de sobrevivir en la vida diaria con mi dominio de la lengua de Shakespeare, otra cosa era trabajar de periodista en un idioma que no era el mío. Aún no me explico cómo alguien como yo, tan melindrosa y apocada en aquel entonces, tuvo un arranque así, de jugársela de esa manera, porque ¿y sí me hubiesen cogido? Lo cierto es que recuerdo que estaba dispuesta irme al extranjero a trabajar, pasando de un extremo a otro, del nido familiar y mullido en el que prácticamente todo era lo mismo desde el parvulario, a la vida independiente en un país desconocido.

Pero no pasó nada. No me cogieron ni en Los Angeles Times ni en el Miami Herald. Mi vida siguió por unos derroteros que se alejaron totalmente de la cosa periodística, hasta que de nuevo la volvieron a rozar, de una manera tangencial y retorcida, propiciada por unos avances tecnológicos que ni en sueños hubiese podido imaginar cuando estudiaba. Porque un blog es un pasaporte internacional que no necesita foto ni cita en la comisaría para renovarlo, con el que puedes hacer lo que quieras y llegar hasta donde tú te lo propongas. Ir al portal de al lado o viajar al otro extremo del globo. Que te lea tu vecino de debajo sin que ni él ni tú lo sepáis o que un tipo de Malasia que buscaba en el Google “cómo hacer que mi novia me quiera de nuevo” termine haciéndose habitual de tus páginas mientras mejora su español.

Y es que ahora, sin trabajar en ningún medio, puedo expresarme con una libertad y de una manera que jamás, ni en mis mejores sueños, hubiese podido imaginar. Desde marzo del 2003 escribo lo que quiero, cuando quiero y de la manera que quiero. Puedo ponerme en plan literata florida o concisamente informativa, gamberra y graciosa o seria y circunspecta. Escribir una línea o la biblia en verso. Poner mis fotos o dibujar monigotes, y hasta tener la osadía de intentar venderlos. Soy mi propia redactora jefe, mi impresor y mi distribuidor, sin necesidad de comprarme una furgoneta. Cuando me canso del diseño de mi plantilla, la cambio, sin tener que de convocar reuniones de creativos publicitarios ni hacer brainstormings agotadores. No gano dinero con lo que publico, pero tampoco lo pierdo si los lectores pasan de mí. Porque mi supervivencia no depende del número de ejemplares vendidos, sino de mis ganas o no de seguir escribiendo.

Y todo esto, sin tener que mudarme a Los Angeles…

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