viernes, 6 de octubre de 2006

Me gusta escribir. Y no hablo del hecho de poner una palabra tras otra en un orden lo suficientemente correcto como para no hacer daño a la vista ni insultar a la inteligencia del que lee. Tampoco hablo de hacerlo con la suficiente creatividad como para enganchar al lector, zarandearle con furia o acariciarle con mimo, sin que él pueda hacer nada por resistirse, y lograr que se olvide de todo mientras te lee. No. Eso también, pero no me refiero a eso. No hoy. Lo que me produce un placer casi físico es el hecho de trazar palabras no aquí, con las teclas, que también, sino sobre el papel. Dame un boli Bic y una hoja de papel y seré feliz. Y si el Bic está a medio gastar y la hoja es un folio sin líneas, mucho mejor. Tampoco le hago ascos a un buen rotulador Edding, de los de punta redonda, del Nº 1: con él en la mano, no habrá caja que no llegue a su destino por falta de datos escritos sobre ella, con todo detalle y sus mayúsculas claras y gustosas de leer…

No sé por qué me gusta tanto trazar letras. Escribir a mano no sólo no me molesta, como les ocurre a cada vez más personas, más y más dependientes del ordenador, sino que me produce un gustazo considerable. El ronroneo del rotulador raspando en el cartón. La suavidad de la bola de tungsteno deslizándose sobre la superficie virginalmente blanca de la hoja.

Yo debo haber sido escriba, amanuense, copista de códices o memorialista en otra vida. No tiene otra explicación.

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