domingo, 1 de octubre de 2006

No soy más que un peón más del tablero de un juego en el que no he hecho más que tropezar y levantarme, desde que empezó mi partida. Lo único que me diferencia del resto de las piezas es que sé moverme en más direcciones de las que se espera de mí. Una ventaja, esa versatilidad mía, que no me convierte por ello automáticamente en un alfil, una torre o un caballo: sigo siendo lo que soy y siempre seré, un mero peón que mira tú por donde tiene la habilidad de saber moverse igual que los tres, además de como un peón. Las torres, los caballos y los alfiles tienen un movimiento propio, y eso hace de ellos lo que son, y nadie espera más de ellos que lo que pueden dar y hacer, y eso hace de su labor en la partida sea más o menos complicada, según las circunstancias, pero siempre dentro de unos márgenes que les permiten disfrutar del juego, tanto en sus momentos más críticos y emocionantes como en los más relajados y sosos.

Ser un peón demasiado polivalente y apañado es algo lleno de inconvenientes para uno mismo y lleno de ventajas para el jugador de la partida que lleva tu color. Es cansado, y a la hora de la verdad, ingrato. Porque si las cosas salen bien, no será por ti, porque a fin de cuentas no eres más que el último mono del tablero, y los laureles se los repartirán otros. Pero ten por seguro de que si algo sale mal, te enterarás…

Yo ya estoy empezando a cansarme de ser un peón listo.

¿Se me nota?

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