miércoles, 1 de noviembre de 2006

Afortunadamente, aún tengo pocos muertos a los que recordar en días como éste. Me refiero a los fallecidos que se entierran en los cementerios, o los que se incineran. Para contar ésos, por cuestión cronológica y buena suerte general, me sobran dedos de una mano. Sin embargo, de los otros cadáveres, de las personas que un día aparecen en tu vida y otro ya no están, de esos tengo muchos más en mi armario. Y digo bien lo del armario, porque en lugar de enterrarlos y pisotear bien la tierra sobre ellos cuando desaparecen de mi vida, cosa que debería hacer y que me ahorraría muchos malos ratos, de vez en cuando aún, cuando voy a buscar algo en la estantería de arriba, se me caen encima, pegándome sustos mortales. Y yo necesito bien poco para sobresaltarme, con lo cual es de imaginar el bote que pego cuando uno de sus brazos inertes me pega un guantazo inesperado o un mechón de su pelo me roza haciéndome cosquillas. Son reencuentros con el pasado que me trastornan el espíritu y me dejan el alma destemplada para unos días. Aunque lo peor de todo es que no es necesario que llegue un día concreto, como el de hoy en el caso de la muerte física, para que me acuerde de la gente que pasó por mi vida y luego me dejó atrás. A veces es sólo un aroma determinado el que me los trae a la mente. Un café en el Starbucks puede ser suficiente, por ejemplo. El pintor de un calendario que alguien me regaló y que, el pobre, sin tener culpa de nada, se convierte en persona non grata porque ya no puedo mirar nada pintado por él sin recordar demasiadas cosas, casi todas malas... Lugares a los que no puedes volver sin que el espíritu sufra, y se convierten en puntos negros de la ciudad que bordeas y evitas siempre que puedes. Otras es una frase pronunciada por alguien oída al descuido, una palabra que el fallecido decía de una determinada manera, única e intransferible, y que, como las cerezas, engancha a otras frases, a otros recuerdos y sensaciones, y ponen sobre la mesa historias que una creía olvidadas para siempre, pero que nunca lo estarán del todo, mientras haya alguien para recordarlas. Soy consciente de que tengo ya muchos muertos a mis espaldas, y lo peor de todo es que el tiempo no los descompone ni los borra. Extrañamente, los conserva, pero no momificados, ni con olor a naftalina. Siguen frescos y lozanos, como lo estaban ese segundo antes de que todo se fuera a paseo. Curioso y bastante terrorífico, la verdad.

Y es que es tan simple e irremediable como que ellos, mis muertos, mis muescas en el revólver, mis cadáveres en el armario, seguirán vivos y me acompañarán allá donde vaya mientras yo siga viva.

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