lunes, 27 de noviembre de 2006

Cuando estábamos a punto de terminar 8º de EGB, el colegio organizó unas “convivencias”, precisamente al lado del pueblo donde ahora vivo. Fueron unos días de vacaciones en los que las tres clases de octavo hicimos eso precisamente, convivir. Tres grupos de niñas que siempre nos habíamos mirado de reojo por el fortuito hecho de que nuestros apellidos empezaran por letras diferentes, y que jamás nos habíamos mezclado ni siquiera en los recreos. Se rezó, por supuesto, no en balde aquel era un colegio de monjas y aquello era un retiro espiritual, a fin de cuentas. Pero lo que más recuerdo de aquellos días fue el último, cuando hicimos una actividad que consistía en destacar la principal cualidad de nuestro carácter. ¿Qué dije yo? Pues que me parecía que lo mejor de mí era lo comprensiva que podría llegar a ser si alguien se tomara la molestia de confiarme sus preocupaciones y secretos más tormentosos. Sólo tenía catorce años, y ya veía mi potencial cual Marge Simpson ayudando en la parroquia con el teléfono de la esperanza al Reverendo Lovejoy . Es curioso. Ahora no creo que ésa sea una buena cualidad, tan sólo una forma de ser adquirida por las circunstancias. Siempre me ha tocado escuchar, desde que recuerdo ha sido así. Tanto que se me hace difícil determinar si es que soy reservada por naturaleza o sencillamente me he vuelto así porque nadie me ha dejado nunca meter baza y ante eso, he terminado callándome, y dejando que los demás hablasen, hasta, finalmente, encontrarle su encanto a eso de escuchar.

No deja de sorprenderme ver hasta qué punto la gente se siente cómoda y se confía conmigo. Porque no es fácil ni frecuente la experiencia de sentir que al otro le interesa de verdad lo que le estás contando. Que en ese instante nada ni nadie podrían apartar tu atención de sus palabras. Que no sólo te interesas por lo que está diciendo, sino que empiezas a preocuparte de veras y a hacer tuyo su conflicto, y en tu cabeza ya se anda fraguando la posible solución a su problema.

A mí eso me lo han hecho sentir muy pocas veces. Tan pocas, que, a fuerza de mantenerme callada durante tantos años, creo que he ido perdiendo irreversiblemente la capacidad de confiarme, de saber mostrar que a mi también me hace falta hablar a veces, que necesito que me escuchen.

A veces me doy un poco de envidia…

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