domingo, 12 de noviembre de 2006

Desde muy pequeña me gustaron las historias de gente emprendedora, personas salidas de la nada que se montaron con el tiempo y su esfuerzo un negocio saneado y algunos, los menos, un verdadero imperio. No podía evitar pensarlo cuando en Navidad, por ejemplo, íbamos a comprar turrón a la Casa Mira, o mi padre traía pasteles de Mallorca. Esos paletos llegados a Madrid a principios de siglo con lo puesto y que ahora, al cabo de los años, tienen al frente de sus negocios a sus nietos y bisnietos, y un montón de tiendas y empleados venidos de países exóticos que, ni en sus mejores sueños podían llegar a imaginar. Por eso me gustan tan poco las franquicias, que sí, que son mucho más seguras, pero sin ninguna personalidad propia, y lo que es peor, sin ese encanto, irresistible para mí, del vértigo de lo desconocido, del riesgo de estrellarse o llegar a lo más alto, en igualdad de posibilidades… Arrastrado por la corriente de la mala fortuna o mecido por el suave oleaje del que tiene a la suerte de cara…

A veces me gustaría tener el valor de arriesgarme en una aventura así: poner una tienda, una librería o un restaurante. Me tienta y envidio el valor de la gente al hacerlo, incluso esos emigrantes chinos o sudamericanos que al poco de estar en España ya tienen su locutorio o su tienda de comestibles. Pero debe ser que soy demasiado cobarde. Me frena la esclavitud que supone tener un negocio propio, tanta dedicación y tiempo destinado a al trabajo. Aunque lo que más me asusta es ¿para qué negarlo? el miedo a que mi tienda sea una de esas que, al poco de abiertos, cuelgan el deprimente cartel de “se traspasa” o “se alquila”. No puedo evitar un escalofrío de pena cuando veo esas tiendas vacías, llenas de polvo y cartas desordenadas bajo la puerta. Negocios que, imagino, sus dueños montaron con ilusión y esperanza, pero que en algún momento se torcieron. Y la desilusión y la derrota de éstos pobres desgraciados, simbolizada por un puñado de cartas y folletos publicitarios amarilleando bajo un cierre echado, logra ser más fuerte que el éxito deslumbrador de los descendientes de los paletos de principio del siglo XX que sí triunfaron…

Sí, lo reconozco: soy una sentimental. Una romántica incorregible.

Y una miedica, también.

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