jueves, 16 de noviembre de 2006

El agua golpea con violencia los cristales, tan violentamente que tengo que poner el limpiaparabrisas en su frecuencia máxima. Me gusta conducir así, cuando el coche se convierte en una pequeña isla en medio de la tempestad, un nido cálido y seguro, falsamente seguro, pero los espejismos también tienen su encanto, así que me dejo llevar por la ilusión de saberme a salvo de todo cuando en realidad soy más vulnerable que nunca… El ruido de las gotas golpeando la chapa me resulta tan grato que apago la radio, y dejo que sea esa música, ese repiqueteo furioso, el que me acompañe a lo largo del trayecto. Si por mi fuera, seguiría carretera adelante, por el simple placer de seguir dentro del coche, dejándome arrastrar, siguiendo al vendaval, pero no puedo, así que aparco frente al portal, y saco el paraguas.

 

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