sábado, 25 de noviembre de 2006

Hay personas a las que se les calienta la boca y no son dueñas de sus palabras. Lo que dicen pasa directamente de su corazón a sus labios, saltándose el bonito trámite de fichar en el cerebro, y es entonces cuando se desencadena la catástrofe. Hablan y hablan, sin atender a razonamientos, sin escuchar más que el sonido de su voz, y sus palabras son auténticas flechas que, si no te agachas, pueden dejarte en el sitio. Y cuando el subidón baja, apenas recuerdan qué dijeron, lo lamentan de veras, y los que les conocen saben que es cierto, y con las mismas, dejan la cosa correr.

A mi eso me pasa. Pero escribiendo. Ilógico, si se tiene en cuenta que la cosa escrita está más meditada, y una puede releer, y corregir, y darlo más vueltas, hasta que el mensaje se lanza al destinatario. Yo, que soy incapaz de enzarzarme en una buena bronca oral, puedo llegar a ser auténticamente ponzoñosa e hiriente en mis misivas escritas. Y es terrible. Porque lo que se escribe, escrito queda. Y ahí no vale decir, “No, no, me entendiste mal” e intentar bailarle el agua al otro, y que termine dudando, y darle la vuelta a la cosa. No. Porque cuando yo saco lo peor de mí por escrito, no hay lugar a dudas ni a malas interpretaciones: soy cristalina y cortante como un diamante. Sin paños calientes ni medias tintas.

A veces me gustaría que se me diese mal, pero de pena, esto de escribir. No saber hilvanar más de dos frases seguidas con mediana coherencia sobre un papel, pero sí ser capaz de plantarme delate de la jeta del contrario de turno y pegar cuatro voces en el momento justo, desfogarme y que mis palabras se las llevase el aire.

Pero no puedo. No sé. Lo mejor y lo peor de mí aparece cuando escribo. Y ése es el precio: que de vez en cuando se me calienten los dedos. Y que se arme la de San Quintín.

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