jueves, 30 de noviembre de 2006

He buscado sin descanso una razón para no mirarte con estos ojos míos, tan ciegos a nada en ti que no consiga otro efecto que fascinarme. Y no encuentro ni un solo argumento que me persuada de que algo tuyo podría romper la armonía que me transmites, ese equilibrio que, combinado con mi ímpetu a veces tan extremo, logra el milagro de crear entre nosotros una química más alquimista que científica. Soy incapaz de encontrar ese algo negativo que te humanice, una tara que logre marcarte y al fin te equipare con el resto de los mortales. No lo consigo, y a pesar de que esa singularidad tuya me cautiva, también me perturba, porque soy consciente de que la perfección no existe. Y sin embargo, tú estás aquí, y a pesar de esa tangibilidad, tan corpórea e inequívoca, a veces planea sobre mí ese no sé qué amenazante que nos contagia aquello que escapa de nuestro control y hace de nosotros unos seres vulnerables e indefensos. Y eso me asusta. Porque aunque te veo, y te escucho, aunque pueda zambullirme en el recuerdo del aroma de tu cuerpo cuando ya te has marchado, o ronronear perezosamente bajo la caricia de tu mirada, aún entonces me queda la sensación desasosegante de que igual que llegaste podrías desaparecer, esfumarte en un instante, volatilizarte ante mis narices. Y, a pesar del cataclismo que conmovería los cimientos de mi universo, las leyes de la naturaleza no se habrían roto, ni siquiera se habrían resquebrajado un solo milímetro. Simplemente habrían recuperado su cauce habitual, su lógica irrebatible. Porque algo tan atinadamente adecuado, cortado tan a mi medida, debe tener algún defecto oculto, alguna cláusula comprometedora de la que yo aún no me he percatado, una letra pequeña con un doble sentido que se me ha pasado por alto en una primera lectura.
Pero yo, por más vueltas que le doy, no soy capaz de verlo. 

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