sábado, 4 de noviembre de 2006

Lo peor de encontrarse un gusano en una castaña o un cortapichas entre las hojas de una lechuga no es el asco que te pueda dar el bicho, por muy tiquismiquis que uno sea. Ni siquiera la repugnante idea de pensar que te lo podías haber comido de no haber estado tan atenta. Lo que realmente incomoda y sobresalta es la sorpresa de encontrártelo ahí. Donde no debería estar. En tu terreno, o sea, en tu castaña, o en tu ensalada, que no es la suya.

Muchas veces los miedos más crudos se reducen al desconcierto que sentimos cuando notamos que nos invaden.

El miedo a no sentirse a salvo.

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