domingo, 19 de noviembre de 2006

Pocas cosas hay más peligrosas que los deseos.

Cuando no se cumplen, por el vacío que dejan, arrastrando con la fuerza de su ausencia lo que sí tenemos y convirtiéndolo en meras cenizas, sin brillo, sin gracia, que sí, que están ahí, pero no terminan de convencernos, quizás porque nadie nos ha preguntado si era lo que queríamos…
Cuando se logran, porque suele ser tarde, y lo que en su día anhelamos como si nos fuera la vida en ello, ya no tiene razón de ser. Sencillamente, porque ya no somos los mismos. Y esos deseos que ahora se materializan serán todo lo buenos que sean, pero ya no son los nuestros, no nos pertenecen.

Tengo montones de deseos que nunca se cumplirán, como todo el mundo. Ya me he acostumbrado a los huecos, en realidad son ya parte de mí, soy lo que soy en buena medida por todos esos anhelos frustrados, así que cuando se me ponen delante y me obstaculizan, los esquivo con habilidad, y hasta con mucho arte, si me apuran. Sin embargo, hay algo que me da mucho más miedo que todo aquello que nunca conseguiré, y no es otra cosa que esos deseos que veo que terminarán por cumplirse cuando ya no los espero. Porque verlos cerca de mí otra vez me trastorna, me desestabiliza, y conmueve los cimientos de lo que sí pude construir a pesar de ellos y de su no realización. Y se convierten en puro veneno, cuando en su día hubiesen sido la panacea capaz de salvarme la vida.

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