miércoles, 22 de noviembre de 2006

Recuerdo a un profesor de la universidad que nos explicaba lo maravilloso y lo terrible que puede llegar a ser el saber. La conciencia de nuestra ignorancia nunca es mayor que en el momento en que más sabemos, y el vacío por lo que nos falta por saber se hace más y más abismal cuanto más conocimientos atesoramos. El lo representaba gráficamente con un círculo. Lo que quedaba dentro del círculo era lo que en un momento dado habíamos aprendido, bien por obligación, en el colegio, o por curiosidad. Pues bien, aunque el círculo fuese enorme, y nuestro saber enciclopédico, la circunferencia que rodea al interior del círculo siempre es mucho mayor y por poco que queramos ampliar nuestro saber, es decir, tocar un poquito cada centímetro del nuevo redondel, la superficie concéntrica en torno al primer círculo será enorme. O sea, que cuanto más sepamos más conscientes seremos de lo muchísimo que nos queda aún por aprender. A mi esa reflexión me dejó de piedra, porque este hombre era uno de esos profesores que parecen sabios, y lo mejor de todo, lo son. Porque son capaces de enfrentarse a una manada de ignorantes, pero ignorantes de verdad, y explicarnos que él también, un señor catedrático respetable y respetado, apenas sabía nada.

He aprendido bastante desde aquello. Y también me he dado cuenta de cuánta razón tenía. No sólo con los conocimientos intelectuales. También con las personas. Cuantas más conozco, más me sorprende la variedad de reacciones, de comportamientos y de matices que un ser humano puede tener. Y más curiosidad tengo por mis semejantes. A pesar de que parezca que todos funcionamos movidos por los mismos motores. Y que apenas queda nada nuevo bajo el sol. Nada de eso. Conocer a alguien es siempre una sorpresa. Y una aventura. No siempre con final feliz, pero, seguro, con un “durante” por el que merece la pena apostar. Aunque sólo sea para ver qué pasa. O aprender del batacazo para futuras expediciones.

Será porque a mí me pierde la curiosidad…

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