martes, 14 de noviembre de 2006

Se dice que quien tiene un amigo tiene un tesoro, y es cierto. Porque un amigo es un artefacto raro, delicado y exquisito, a pesar de las numerosas imitaciones que andan por ahí, algunas burdas hasta decir basta, otras casi perfectas, muy logradas, pero que si se miran con detenimiento, muestran que lo que parece un amigo demasiadas veces es tan sólo un conocido, un compañero, o un listo que se pega a uno y se limita a chupar rueda, acordándose sólo de Santa Bárbara cuando truena. El valor de una verdadera amistad no se puede medir, está por inventar el sistema métrico adecuado, sencillamente porque no sirve de nada calibrarlo: la amistad es algo que ni se compra ni se vende. Y lo más curioso es que, por muchos amigos que uno llegue a tener a lo largo de su vida, irá comprobando cómo cada amistad es diferente. Además, para bien o para mal, nadie viene con libro de instrucciones incorporado, por lo que un amigo, igual que puede arreglarte la vida puede estallarte en las manos y dejarte lisiado. Tarado para los restos, incapaz de volver a confiar plenamente en alguien, sin posibilidad de apreciar la fuerza del cariño desinteresado de alguien que en su día fue un extraño y que, poco a poco, como la llovizna, fina e imperceptible, termina por empaparte, llegándote a lo más hondo. No es fácil recuperarse de un revés cuando lo que está en juego es algo a la vez tan frágil y tan sólido como una amistad. Pero nunca somos más temerarios que cuando ya no tenemos nada que perder, y todo por ganar. Así que, ¿por qué no?, después del batacazo te levantas, renqueas un poco, te sacudes el polvo, y vuelves a intentarlo. Aunque nadie te garantice que no vayas a estrellarte otras cuantas veces, quizás todas las veces. Pero ya te da igual. Hasta el día en que, de nuevo, todo encaja. Como si no pudiera ser de otra manera. Y es en ese momento cuando, perplejo pero feliz, te preguntas cómo demonios te las has arreglado para poder vivir hasta entonces sin algo semejante.

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