viernes, 10 de noviembre de 2006

Siempre que voy a buscar setas pienso que me voy a encontrar un muerto entre los pinos. Y me da un mal rollo impresionante. Vamos, que casi me estropea la jornada micológica y campestre. No tiene ningún sentido, lo sé, pero no puedo evitarlo.

Siempre que como cortezas de cerdo pienso que un día me moriré tontamente ahogada por una, y mientras busco un vaso de agua desesperadamente me prometo que es la última bolsa que me compro si no la palmo. Evidentemente, nunca es la última…

Siempre que escucho que alguien de mi edad o más joven está enfermo de cáncer pienso que ésa y no otra será la enfermedad que me llevará a la tumba aunque no sabría explicar el por qué de esa corazonada. Sobre todo porque siempre tengo el convencimiento de que esos enfermos de los que me hablan, seguro que se recuperan y terminan muriéndose de otra cosa. Pero yo, no.

Siempre que me miro al espejo, durante un instante fugaz, pero inevitable, pienso que es un milagro que mi cuerpo me haya permitido el lujo haber llegado viva y sana hasta el borde de los 40 años.

Y me alegra, claro.

Aunque me da mucho más miedo que alegría...

 

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