lunes, 20 de noviembre de 2006

Soy lo más lejano que uno se pueda imaginar a la típica tía extrovertida y dicharachera, popular y efervescente, el perejil de todas las salsas, que lo mismo se lía a hablar en la cola del embutido con la señora que le ha dado la vez como es capaz de compartir taxi a las 3 de la madrugada con un desconocido medio borracho, y terminar quedando para el fin de semana siguiente… No soy capaz de entablar conversaciones de ascensor, no puedo aparentar interés cuando no lo tengo, ni siquiera para fomentar una vida social-vecinal que brilla por su ausencia, y que me vendría de perlas, lo sé. Me muero de vergüenza en situaciones cotidianas, aún deseo que la tierra me trague demasiado a menudo, y no puedo evitar que se me suban los colores por tonterías, igual que me echo a llorar en cuanto pierdo los papeles, cosa que odio más que nada en el mundo, y que soy incapaz de controlar.

Sin embargo, siendo como soy una tímida de libro, a veces hago cosas que no cuadran. En demasiadas ocasiones me veo tomando la iniciativa mientras el resto del mundo dormita y se queda viéndolas venir, moviéndome yo hacia el objetivo en lugar de esperar que las cosas sucedan solas, cosa, por otra parte, poco probable si no se les da un empujoncito... Saco fuerzas de no se dónde, porque no creo que sea una persona fuerte, o quizás no sean fuerzas sino astucia, ímpetu, incapacidad de resignarme, un poco de todo, pero sea lo que sea, al final, la que busca un palo y se las ingenia para hacer palanca y mover las cosas, es esta menda.
Y cuanto más pasa el tiempo, más cuenta me doy de cómo la gente se limita a esperar. A que les busques tú. A que la vida vaya a su encuentro. A que las cosas pasen.

Yo no puedo sentarme a esperar. Quizás porque en otros tiempos esperé demasiado. Funcionó, porque lo que terminó por llegar mereció la pena, pero sé que también me perdí muchas otras cosas mientras esperaba. Y sé que no las recuperaré nunca.
Y ya no quiero perderme nada. Aunque me cueste decidirme, aunque sea agotador en ocasiones, aunque me estrelle a veces contra el cristal creyendo que la ventana estaba abierta. Las compensaciones que esa actitud traen consigo bien merecen un chichón de vez en cuando...

Porque la hinchazón siempre baja. Y hasta las cicatrices terminan un día siendo sexys.

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