viernes, 17 de noviembre de 2006

A veces me sorprendo a mí misma adoptando actitudes que tiempo atrás hubieran hecho volar por los aires mis esquemas. O me veo haciendo cosas que antes evitaba hábilmente, bien fuera por miedo o por simple falta de curiosidad. Y lo mejor de todo es que ninguna de las dos situaciones me incomodan, muy al contrario. Y es que aunque reconozco que nunca he sido una persona rígida, lo que es en los últimos tiempos soy cada día más maleable, dúctil hasta límites insospechados. Supongo que eso no dice mucho de mis sólidos principios y convicciones, que quizás denota una personalidad débil e influenciable, sin una línea de comportamiento definida. Es posible. Pero creo que es precisamente esa capacidad de adaptación a lo que la vida me va deparando lo que define mi línea. Ese escuchar con agrado cualquier otra opción distinta a la mía, no sea que me vaya a perder una posibilidad mejor que yo desconocía. Esa apertura de miras y disposición al cambio sin sentirme mal por dar mi brazo a torcer y terminar por desechar actitudes o comportamientos que había defendido hasta ese momento.

Fui una adolescente obediente y dócil, de esas que hacen lo que se espera de ellas sin plantearse una alternativa: el sueño de cualquier padre, y justo lo que, por salud mental, nunca se debería ser. Quizás ahora me esté saliendo todo el ímpetu contestatario y experimental que no desarrollé en su momento. Es muy posible. Porque hay cosas por las que, de alguna u otra forma, antes o después, hay que terminar pasando. Y esta efervescencia mía de ahora, tan contraria a la estabilidad y a la buena cabeza que se le supone a la madurez y al cumplir años, no es otra cosa que ese sarampión de rebeldía del que, afortunadamente, ni los mansos estamos libres.

0 comentarios: