miércoles, 27 de diciembre de 2006

Como casi siempre que hago una pausa, y me quedo un rato mirando lo que es mi vida, vuelvo a darme cuenta, con el mismo asombro que las otras veces, de la suerte que tengo. Y no es que el resto del tiempo no lo sepa, que lo sé, sino que mi atención se distrae en grandes cosas, unas más importantes que otras, pero todas ellas capaces de mantenerme lo suficientemente ocupada como para impedir que me fije en las que de veras importan: las pequeñas. Y hago lo que no se debe hacer: "preocuparme", o sea, anticiparme a los problemas y pasarlo mal antes de que sea necesario, en lugar de "ocuparme" de lo que sucede antes de que se convierta en un problema. Pausas como estas vacaciones de ahora me permiten volver a ver claro, mirar las cosas con ojos positivos, que no ingenuos, sino todo lo contrario: observar la vida desde un ángulo optimista, sin obviar las dificultades, pero sin permitir que me hagan desistir. Una visión de las cosas lúcida y fresca, con un punto de inocencia sabia, de esa que viaja rauda y veloz, sin pasar por tu cerebro, y que te permite ser capaz de no aturullarte ni verlo todo negro de entrada, y en lugar de eso te deja pensar en rodear el obstáculo y seguir tu camino. Seguramente dentro de unos meses, volveré a verlo todo negro, y los árboles vuelvan a impedirme ver el bosque, y tendré que volver a zarandarme a mi misma para no dejarme llevar por un pesimismo que, a sabiendas de que soy una presa fácil, siempre me acecha.

Es necesario bajarse de la noria, sentarse un rato en el banco y dejar de sentirse mareada para poder darse cuenta de que una es afortunada por el solo hecho de poder estar en el parque de atracciones. Si además tienes en tu bolsillo un bono que te permite montarte en un montón de aparatos, y a un buen puñado de gente que te acompaña y se divierte contigo, entonces puedes considerarte bastante afortunada.

Si encima puedes contarlo, sin duda eres alguien muy afortunado.

Como yo.

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