viernes, 29 de diciembre de 2006

Cuando ya tienes edad para poder ser madre de una veinteañera rebelde y, en lugar de eso, aún te entran sudores fríos cuando haces algo que sabes que la tuya no aprobaría, te das cuenta de que tienes que hacer algo. En realidad de lo que te das cuenta es de que deberías haberlo hecho hace tiempo, demasiado, aunque eso ya lo sabías, y eso es lo malo, que lo has sabido siempre, pero nunca has sido capaz de hacer nada. Y lo peor de todo, que ya quizás sea demasiado tarde…

Pero una vez más, esperando que ésta sí sea la última, intentas liberarte del yugo amoroso más sólido, el que más atormenta cuanto más intenta creer protegerte, y quizás lo consigas, esta vez sí. Aunque de nuevo, otra vez, como siempre, te preguntas si tendrás el valor y el arranque necesario para estar dispuesta a pagar de una vez por todas el alto precio de tu libertad: romperle el corazón a tu madre.

Y vivir con eso.

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