martes, 19 de diciembre de 2006

Después de haberte pasado media vida en las nubes soñando con que las cosas pueden ser distintas, un día descubres que a veces esos nubarrones terminan convirtiéndose en lluvia, y algunos sueños llegan a hacerse realidad. Y cuando te das cuenta con sorpresa de que no sólo no te han decepcionado al materializarse sino que son mejor de lo que habías supuesto, te cambia el carácter, y, paradójicamente, dejas de ser tan soñadora y te vuelves más pragmática, mucho más realista, con los pies mucho más pegados al suelo. Más resolutiva, con muchas más confianza en tus impulsos, en esas corazonadas y ventoleras que te han llevado en volandas hasta donde ahora te encuentras. Y si además algunas de las quimeras que durante años fueron los pilares de esa existencia paralela caen y tu vida no se tambalea ni siquiera un poco, sino que, por el contrario, se estabiliza y empieza a avanzar con una agilidad pasmosa, entonces la gente empieza a decirte que has cambiado, que ya no eres la misma. Y no sabes si eso es bueno o malo, porque te lo dicen con un gesto de contrariedad que lo mismo puede ser un reproche velado como un arañazo envidioso por haber logrado lo que ellos aún tienen pendiente: que tu vida se parezca cada vez más a lo que deseas.

Quizás el aire de la realidad posible no sea tan limpio como el que se respira en el universo de lo probable, pero es el oxígeno que, mal que bien, ha concretado lo que sólo estaba en tu cabeza, así que algo bueno tendrá. Porque si imaginar y fabular con lo que se desea es una forma de vida, casi siempre impuesta por unas circunstancias adversas a las que se ve sometido un carácter que no se resigna, ir consiguiendo parte de lo que se alguna vez se deseó, materializar lo que todos veían como viento y humo es el principio de nuestra reconciliación con la realidad más rastrera y empírica.

Ahora sueño menos, quizás porque ya he conseguido mucho de aquello con lo que antes fantaseaba. Y ahora puede que sea el momento de disfrutar de ello, de sumergirme de lleno en el lado más refrescante y prosaico de la realidad. Abandonar las nubes y estar por fin al otro lado, en el bando de los que viven.

Dejando que, por una vez, sean los demás los que sueñen.

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