jueves, 7 de diciembre de 2006

Hay personas que se han agarrado tantas veces a un clavo ardiendo que ya han perdido la sensibilidad en las manos, y no se dan cuenta de que aunque parezca que se han salvado en realidad se están quemando. Gente incapaz de darse cuenta de que el fuego de la rutina les consume, de que sus vidas están llenas de pavesas de pesimismo y de cenizas de resignación, de humo gris y denso que les hace verlo todo bajo una gasa de tristeza y aceptación de lo inevitable. Son personas que cuando les preguntas qué tal están responden “Tirando…”, y no exageran porque así es, literalmente, arrastran su vida con dificultad, penosamente, en lugar de dejarse llevar por las circunstancias, de adaptarse a las cosas como vienen, subiendo la cuesta cuando toca, pero dejándose caer por el tobogán con un alarido de alegría cuando se puede.

Sé de lo que hablo: vengo de una familia así. Afortunadamente, en algún momento de la división celular debió producirse algún tipo de mutación, porque no puedo soportar esa actitud ante la vida. Cada día menos. Y eso me hace cada vez más intolerante, más rebelde, menos comprensiva, mucho más guerrera y combativa en lo que respecta a esa manera de ver las cosas. Siempre ha sido así, me reventaba tanto pesimismo cuando aún no sabía qué significaba esa palabra, aunque me callara, mientras me juraba a mí misma que yo no sería así nunca jamás en la vida. Pero ahora ya no me callo, al contrario, y cuando critico abierta y a veces cruelmente esa forma de tirar la vida de uno por el desagüe sin haberla vivido, mi madre me dice que he cambiado. Que no me conoce.

Y no es ningún piropo.

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