sábado, 9 de diciembre de 2006

Hubo un tiempo en el que hubiese dado cualquier cosa por que un hombre me tratara como una mujer objeto. Era yo muy joven, y también demasiado estudiosa y poco popular, por no decir bastante asocial, y no podía entender que alguien no quisiera tener la suerte de gozar de unas medidas de infarto, o de tener una cara preciosa y que, además, los hombres babearan a su paso. Pero la realidad no me ayudaba a lograr algo tan inalcanzable como ser devorada con deseo por los ojos masculinos y con envidia por los femeninos, aún a costa de ser tratada de tonta y de cabeza de chorlito. No tenía ni el físico ni el carácter para ello, así que mientras miraba mis granos rebeldes y veía con impotencia y desgarro cómo, a ese paso, su desaparición se cruzaría con la llegada de mis primeras arrugas, asumía como una fatalidad del destino que yo no estaba hecha para ser una mujer objeto sexual. Y me iba dando cuenta de una realidad que, en aquel entonces, me parecía una burla del destino: me estaba convirtiendo en una mujer objeto, sí… pero en algo tan raro como yo misma: cada día que pasaba estaba más cerca de ser la perfecta mujer objeto intelectual. Alguien a quien admirar por su cerebro, por su carácter o por sus sentimientos. O sea, nada palpable, ni besable, ni achuchable. Lo peor. O eso le parecía entonces a una adolescente solitaria, ávida de descubrir, y descubrirse.

Los años han barrido todo aquello, y mientras tanto mi cerebro y mi cuerpo han hecho un armisticio. Ya no me apetece nada convertirme en objeto sexual, es más, me alegro de no haberlo sido nunca. Y a fecha de hoy, saberme deseada por esa parte de mí, la más etérea e inaprensible, no sólo ya no me irrita, ni hace que me sienta triste y anodina, transparente e inexistente ante los ojos de los demás, sino todo lo contrario. Porque ahora soy mucho más que un objeto intelectual.

Ahora soy una musa.

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