sábado, 2 de diciembre de 2006

La madera de teca es una madera resistente a casi todo. Al parecer asiste impávida a sol y hielos, fríos y calores, humedad o termitas, y nunca se pudre, ni se hincha, ni se reseca. Aunque no es ajena al efecto de los elementos, evidentemente. La única pega que tiene frente a las enormes ventajas de olvidarse de meterla a cubierto cuando llueve o ponerla a la sombra a la hora de la siesta, es que cambia de color, hasta quedarse prácticamente blanca, de un color gris plateado curiosísimo, si tenemos en cuenta que la madera recién cortada es de un marrón claro color miel. Esa metamorfosis no gusta a todo el mundo, así que mucha gente trata sus muebles de teca con aceites, para conservar el color original. Que será muy bonito, no digo yo que no, pero crea una servidumbre bastante estúpida, el mantenimiento regular en la aplicación del producto, totalmente innecesario en una madera que, si algo tiene, es precisamente esa resistencia a los elementos que te permite olvidarte de cuidarla y limitarte a disfrutarla.

Me encanta la madera de teca. Porque está viva. Y porque no sé qué aspecto tendrá dentro de unos años, y esa sorpresa espolea mi curiosidad. Igual que ignoro cómo estaré yo. Posiblemente a mi mesa y a mis sillas les pase lo mismo que a mí: que estaremos con peor aspecto, pero ¿qué le vamos a hacer si ni a ellas ni a mi nos va demasiado la tiranía de los cosméticos? A la vida hay que exponerse, aunque a veces lo fácil para preservar nuestra integridad sería ir por la sombra constantemente, quedarse a cubierto, recogernos ante la adversidad como los muebles de jardín llevados a toda prisa al garaje cuando empieza a llover. Pero ¿perderse el frescor de una tormenta de verano después de una tarde caniculosa? ¿Por no mojarse un poco? Quizás ni mis sillas ni yo estemos como recién salidas de fábrica dentro de un tiempo, pero habremos vivido, expuestas al frío y al calor, a lo bueno y a lo menos bueno. A las cagadas de pájaro, pero también a las caricias del revoloteo de una mariposa.

Con un color raro quizás, pero con el corazón sano, a salvo de la carcoma, lejos de la amargura de una vida vivida al ralentí…

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