domingo, 10 de diciembre de 2006

Los días se suceden rápidamente, las semanas se atropellan, pisoteándose unas a las otras y las Navidades ya están aquí, a la vuelta de la esquina. No he visto pasar este año, y eso, francamente, me repatea, porque significa que son ellos, los meses, los que han pasado sobre mí, sin darme margen para reaccionar o al menos haberlo intentado. Y es que hay ratos de lucidez traidora en los que te das cuenta de que las obligaciones y la rutina te atan de pies y manos, y te resulta imposible meter baza en algo que te concierne, en lo único que realmente te concierne: tu propia vida. Y no puedes hacer gran cosa para evitar esa impotencia al ver cómo los días desfilan, todos iguales, todos rígidamente estructurados: un tiempo para dormir, otro para trabajar, y un margen limitadísimo para hacer algo diferente, quizás nada espectacularmente extravagante, pero capaz de romper una brecha en la costumbre por la que dejar pasar un rayito de anarquía, un punto de improvisación. Y, lo peor de todo, arrastrando esa existencia milimetrada a todo gas, a un ritmo excesivo como para poder intervenir sin que te engulla el torbellino, demasiada velocidad, aunque en realidad los días no pasen ni más ni menos rápido, igual que esos coches que, aún yendo a 40, te afeitan en seco a poco que te descuides cuando vas caminando por el arcén.

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