jueves, 14 de diciembre de 2006

Me gusta dar sin esperar nada a cambio. Bueno, eso no es completamente exacto, porque cuando doy, soy yo la que más se beneficia, me siento demasiado bien, así que ya he recibido mucho aún antes de que el otro se plantee la posibilidad de corresponder a mi gesto generoso. Sin embargo, cuando me corresponden, siempre tengo la sensación de que no es porque les salga del alma, porque yo me lo merezca, o porque vean que me hace falta algo, sino simplemente porque se sienten obligados a devolverme el favor, por agradecimiento, por acallar a sus conciencias. No, no me gusta nada que me den cuando yo he dado antes.

Pero sí que me gusta que me den, y que quien me da logre transmitirme que tampoco espera recibir nada a cambio. Porque conozco el gustazo que debe estar sintiendo en ese instante, ese placer de tener en tu mano un pellizco de la felicidad de otro, y poder ponerlo a su disposición, y decidir hacerlo, en lugar de guardártelo, y eso me gusta más que nada en el mundo.

Creo que, en el fondo, no soy más que una egoísta.

0 comentarios: