lunes, 18 de diciembre de 2006

No puedo evitarlo: me gustan los lunes. Y me gustan mucho. No me resisto a la alegría que se apodera de mí cuando algo empieza, a ese entusiasmo del “todo-puede-pasar-y-esta-vez-quizás-sea-genial” de los comienzos de cualquier cosa. Y el primer día de la semana que a otros agobia y cabrea, a mi me llena de un optimismo irracional que convierte al lunes en mi día favorito. Por la misma lógica, funciono mejor al principio del día, madrugar no me molesta, porque el precio de morirse de sueño se ve recompensado con creces por el regalo de tener un día más largo, lleno de horas por delante. E igual que voy perdiendo gas según pasa la jornada y soy una trasnochadora lamentable, llego al final de la semana demasiado acabada como para valorar en su justa medida al día por el que todos suspiran: el viernes. Me alegro de que llegue, claro, pero también es la prueba tangible que cada siete días me recuerda que, a pesar de que el lunes cualquier cosa podía ser posible, sólo me quedan dos días para completar el ciclo semanal y, la verdad, la mayor parte de las veces las cosas siguen ni mal ni bien, simplemente como siempre.

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