lunes, 4 de diciembre de 2006

No se llora de alegría, no nos equivoquemos. Las lágrimas que saltan cuando la felicidad es muy intensa sólo son el preámbulo de las que tememos derramar cuando, en un futuro más o menos cercano, de nuevo nos quedemos sin lo que en ese momento tenemos. Son lágrimas de pánico a perder ese logro que nos ha caído del cielo o nos hemos currado un montón, eso da igual, pero que por algún extraño mecanismo autodestructivo creemos no merecer del todo. Lágrimas de incredulidad ante algo demasiado bueno para que nos dure, y que parece que alguien nos haya dado por equivocación y nos lo vaya a quitar de un manotazo de un momento a otro.

Las lágrimas, todas, son miedo líquido. 

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