miércoles, 13 de diciembre de 2006

No valgo para la guerra. No sé luchar, ni defenderme. No tengo capacidad táctica, ni reflejos, ni picardía. Por no saber, ni siquiera sé obedecer ciegamente a mis superiores, ni tampoco tengo energía suficiente para imponerme a mis subordinados sin que me falten al respeto a la primera de cambio. En campo abierto soy un blanco fácil. En las trincheras, soy ese soldado que asoma la cabeza el primer día y se la vuelan.

Sin embargo, cobarde no soy, y aunque no estoy hecha para librar batallas, creo que he nacido para batirme en duelo. Tengo ese amor propio que salta a la mínima, ese carácter aparentemente apaciguado, pero incendiario, que se revuelve cuando le tocan lo intocable. Me pierden cosas tan arcaicas y denostadas como la lealtad, el honor, la palabra dada o la vergüenza torera. Soy capaz de darlo todo sin pedir nada a cambio, y de exigir lo mismo, lo cual, lógicamente me lleva a menudo a callejones sin salida de los que salgo mal parada, porque, evidentemente, el mundo no funciona de esa manera…


Como le pasaba al capitán Alatriste, quizás yo no sea la más honesta de las mujeres, ni la más piadosa… Ni tampoco creo que sea la más segura de sí misma, ni la más atrevida, ni la más brillante, ni la que mejor esquive los golpes y sacudidas de la vida.


Pero, igual que el viejo soldado de los tercios de Flandes, soy una mujer valiente.

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