domingo, 10 de diciembre de 2006

Sé lo que soy. Y eso no lo hace más fácil. Sólo permite ver más claro. Conocerse bien a veces es una bendición, pero en demasiadas ocasiones es un arma contra uno mismo. Porque te permite ver más allá. Pero no te ayuda a comprender. Ni a evitar.

Sé que puedo ser fuego. Crepitante hoguera en la chimenea, en la que te refugias en las noches heladas, y puede devolverte la vida. Ese punto luminoso, insignificante en la inmensidad del océano, pero que te marca el rumbo en la tormenta y logra que no te estrelles contra las rocas. Pero también puedo ser volcán, descontrolado e incontrolable, torrencial y sin margen para predicciones, una fuerza de la naturaleza tan violenta como impresionante en su espectáculo letal de humo y lava.

Alguien me dijo una vez que me veía frágil y dura. Vulnerable y fría. Una dualidad tan exacta que, confieso, me estremeció cómo unos ojos ajenos, casi desconocidos por aquel entonces, podían ser capaces de verla con tanta nitidez. Mi lado quebradizo va conmigo, y quizás sea lo primero que llama la atención, porque ni siquiera para protegerme soy capaz de ocultarlo del todo. Mi otro lado, el fuerte, el gélido, es más difícil de intuir, pero está ahí, no tan lejos de la superficie. Yo conozco de sobra mi yo marmóreo. Lo veo asomarse, y luego llegar, inexorable, y no puedo pararlo, sencillamente porque viene precedido de una erupción volcánica que tampoco soy capaz de controlar. Y esa lava, incandescencia emocional pura, puede hacer, y hace mucho daño. Arrasa con todo. Y eso también soy yo.

Sé lo que soy. Pero como decía el Vizconde de Valmont: “No puedo evitarlo”.

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