miércoles, 6 de diciembre de 2006

Tenía una risa fácil, frescachona, chispeante, de ésas que te rocían al pasar por su lado, dejándote el alma regocijada y contenta, así, sin ton ni son, simplemente por contagio. Sus carcajadas eran como las gotitas del chorro de un aspersor en una tarde de canícula; aunque cuando te pones delante sabes de sobra que te vas a mojar, siempre te sorprendes gritando y dando saltos, huyendo de lo que en realidad buscabas. Y, sí, a los diez minutos estarás completamente seca, pero nadie podrá quitarte ya esa sensación de frescura efímera pero agradable, como sólo lo son las cosas que vienen sin buscarlas, sin motivo claro, sin que las merezcamos, e igualmente se van, sin avisar, sin pedir nada a cambio y sin vuelta de hoja.

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