sábado, 16 de diciembre de 2006

Un día cualquiera, uno de tantos, cuando nada te hacía pensar que algo así fuese a sucederte, tus ojos se cruzan con otros ojos y ya nada es lo mismo. Tú entonces no lo sabes, ni te imaginas lo que puede desencadenar una mirada, esa mirada. Un efecto mariposa cuyas consecuencias aún desconoces. Ni imaginas.

El tiempo pasa, y esos ojos que un día te miraron desconcertados, curiosos e interrogantes, siguen ahí, buscando los tuyos, intentando volver a cruzarse con ellos, pero ahora les guía una curiosidad diferente. El interés de quien ya conoce lo suficiente como para saber que lo que aún ignora puede resultar mucho más apasionante que lo que ya ha visto. Buscando más. Sin descanso. Y encontrando.

Hasta que otro día, también uno más del calendario, esos ojos que se cruzaron con los tuyos aquel ya lejano día ya no preguntan. Y no porque lo sepan todo, sino por todo lo contrario: saben que jamás lo sabrán todo, pero aún así, ya no es necesario reclamar más respuestas...

Porque hay cosas que no hace falta preguntar, ni escuchar, porque tampoco es imprescindible saberlas.

Basta con sentirlas.

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