miércoles, 20 de diciembre de 2006

A veces tengo la sensación de que la vida no nos da todo aquello que le pedimos, y mucho menos lo que deseamos, sencillamente porque, a pesar de parecernos en demasiadas ocasiones tremendamente injusta, se limita a darnos lo que merecemos. Lo cual no suele coincidir con lo que nosotros queremos, ni con lo que nos sentimos capaces de controlar y manejar, ni mucho menos se suele parecer, ni de lejos, a aquello de lo que nos creemos dignos y merecedores.

Pero en muchos momentos, más de los que somos capaces de reconocer, la vida nos termina llevando justo al punto en que debemos estar, y no a otro. Eso sí, por caminos tortuosos, extraños recovecos, falsos atajos y maniobras de despiste, que nos marean, nos desconciertan, y hace que terminemos gimoteando, hartos de tanto trajín, como los niños camino de la playa, “¿Cuánto falta?”

La vida de vez en cuando te vapulea, te echa un pulso del que sales con la muñeca dislocada, una luxación de hombro y la moral pisoteada y maltrecha. Aunque todo se termina curando, de vez en cuando esos revolcones de la existencia vuelven a doler, y no precisamente cuando cambia el tiempo; hacen mucho daño cuando algo o alguien te lo recuerdan. Lo que no se tiene tan claro a toro pasado es si aquello fue una desgracia o lo mejor que pudo pasar. Va por rachas. A veces, en un fogonazo de lucidez y clarividencia, tienes el convencimiento absoluto de que, hasta lo más atroz, si sucede es porque es necesario. Para algo. Aunque ese algo se nos escape. Aunque nunca lleguemos a entenderlo.

O sí. Al final, sí.

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