sábado, 13 de enero de 2007

Buceando en el pasado, en las profundidades donde yace lo que muchos llaman “la mejor época de la vida”, hundida y resquebrajada por el salitre del tiempo como los galeones de las Indias, me he quedado atrapada durante un buen rato en las algas de los malos recuerdos de mis primeros años. He visto la morena de la indiferencia, gorda e impasible, pasar por mi lado, sin verme. Y he respirado aliviada, pero sólo un instante, porque enseguida me asusté al ver un banco de las pirañas del desprecio acercarse a mí a velocidad de vértigo, pero yo fui más rápida y me oculté tras una de las rocas de la soledad que tan mala fama tienen, pero que, en aquellos lejanos años, tantas veces me salvaron de las heridas producidas por un mundo demasiado hostil. Cuando creí que nada podía ya sorprenderme, una medusa gelatinosa y pesada se empeñó en pegarse a mi pierna, pero de una patada la mandé lejos, con un ímpetu desconocido para mí, y que tantas veces hubiera necesitado cuando las ronchas del saberme diferente me desfiguraban y me aislaban aún más. Me dio mucho miedo ver al pulpo de la cobardía, intentando abrazarme e impedir que me moviera, pero enseguida pude ver que sus ventosas ya no podían hacer nada contra mí, porque recordé que ahora tengo el traje de neopreno indestructible de tu amor. Y mis pulmones, que antes se bloqueaban cuando se llenaban del aire insano del miedo, ahora son capaces de aguantarlo casi todo.

Así que, después de darme una vuelta por todo aquello que fui, comprobé que si puedo mirarlo de frente sin que me falte el oxígeno y sin que me fallen las piernas para volver a impulsarme hacia la superficie del hoy es porque sé que ya no estoy sola, que ahora tú estás ahí fuera, esperándome, sonriente y atento, con una toalla enorme para secarme. Y para evitar que las gotitas del pasado que se empeñen en quedarse pegadas a mi flequillo hagan que me enfríe…

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