jueves, 4 de enero de 2007

Cuando veo cómo se cierra la puerta y te marchas sin mí, me gustaría ser capaz de hacerme pequeña, poder menguar hasta ser tan diminuta como para pegar un salto y meterme en tu bolsillo, y quedarme ahí, calentita, junto a tu muslo, viajando a tu lado durante todo el día, yendo donde tú vas, y viendo por ese agujerito de la tela en el que se te clavó la punta del bolígrafo lo mismo que tú ves.

Y que luego, por la noche, cuando volvieras de nuevo a casa, mientras te quitas la chaqueta, yo pudiera dar otro salto y salir de tu bolsillo, como si tal cosa. Pero como sería tan chiquitina, ni me verías hasta que entraras en el salón, y ahí estaría yo, ya con mi tamaño normal, como si no hubiese estado haciendo otra cosa que esperarte. Pero sin haberme separado de ti ni un solo instante.

Y tú, ignorante de mi excursión, me contarías tu día con mil y un detalles que yo ya conozco más que de sobra. Y yo comprobaría lo que ya sospechaba: que sí, que las cosas se ven igual cuando tú me las cuentas que cuando las contemplo desde tu bolsillo.

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