sábado, 6 de enero de 2007

Desde mi ventana se ve el horizonte. La vista se pierde hasta que se tropieza con las montañas, a lo lejos, pero no es un choque brusco, ni mucho menos claustrofóbico. Es como esos paisajes que pintaba cuando era pequeña, con la casa en primer plano, con su árbol y el columpio al lado, y siempre, a lo lejos, las montañas nevadas en la puntita. No me gusta tener las montañas encima, demasiado cerca, ahí si que me agobian, pero verlas a lo lejos, como algo lejano, pero alcanzable si decides ponerte a andar, es algo que me gusta, que necesito ver cuando mis ojos miran por la ventana.

Hubo un tiempo en el que desde mi ventana se veía un muro. Una tapia que no me dejaba ver lo que había al otro lado, ni siquiera si había algo. Sin embargo, yo siempre pensé que la auténtica vida, la que merecía la pena de verdad, empezaba más allá de esa pared, y me negaba a aceptar que mi sitio estaba del otro lado. No tenía ni idea de qué podía estar perdiéndome, pero fuera lo que fuera, tenía que ser mucho mejor que lo estaba condenada a aceptar. Me costó derribarlo, pero lo hice, porque no podía no intentarlo al menos. Conseguí que mis ojos se acostumbraran con facilidad a no encontrar obstáculos en su camino, a fijar la vista en el punto más lejano, siempre un poco más allá. Y aunque lo imaginaba, ahora sé con total seguridad que no podría volver a vivir con una pared delante. Ni siquiera soporto la compañía de la gente que aún vive y vivirá siempre de ese modo, sin plantearse ni siquiera la posibilidad de un cambio. No, no puedo. Me ahogo. Me muero.

Porque hay caminos que, una vez que se empiezan a andar, sólo ofrecen una posibilidad: la de seguir adelante.

El horizonte.

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