sábado, 20 de enero de 2007

Dicen que uno de los precios de la libertad es la soledad.

A mi no me gusta sentirme sola, pero creo que llevo aún peor sentir que no soy libre… Y ojo, que digo “sentirme”, y no “ser”. Lo que a mí me hace falta es la sensación de poder hacer lo que quiera, y aunque luego no utilice mi libertad para nada, necesito pensar que las posibilidades están ahí, a mi alcance. Es como el que no necesita tener coche, porque vive en un sitio con todo muy a mano, y siempre va andando a todas partes, pero no puede evitar sentirse mucho más tranquilo con uno en el garaje, por lo que pueda pasar…

Como el dueño del coche del garaje, quizás yo sólo saque a pasear mi libertad en momentos puntuales, para hacerle la ITV y para que no se termine cayendo a trozos… Pero, igual que a él, me reconforta saber que mi independencia está ahí. Aunque sea una libertad limitada, pero es la mía, y está pagada y bien pagada.

Porque creo que, después de todo, la necesito mucho más de lo que necesito a la gente.

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